Si me lees —o si me conoces— lo mismo sabes que tengo un grupo tarotista con quien me reúno al menos, una vez al mes, para darle duro a las cartas, hacer ceremonias, lecturas grupales y todas esas mandangas.
Dentro de todo esta brujería genialísima se encuentra mi querida Vero. Vero es la más tarotista, la que está todo el rato formándose, la que trae la baraja más chachi, la que saca más punta a nuestros comentarios, la que quiere apuntarse a un curso más con Marianne Costa.
Bueno, pues resulta que Vero ahora ha estado haciendo unos workshop sobre simbología de arquetipos del tarot, que a su vez engancha con cuentos, que a su vez engancha con la Astrología —y en nuestro último akelarre nos estuvo actualizando lo que había aprendido.
Hay una línea —a veces más sutil, a veces muy evidente— que viaja, va y viene entre el Tarot y los Astros: el primero obedece a intuiciones, Neptunos, el poder del símbolo, clarividencias; el segundo quizá es más saturnino y uraniano, precisa de técnica, acota, afila y, de nuevo, se sustenta en la fuerza predictiva del lenguaje mágico y simbólico.
Y vale que yo —esto lo mismo también lo sabes— cuando se me ponen a enredarme de que si la sombra, de que si el subconsciente, de si patrones energéticos ancestrales, de que Jung y el sí mismo, de si complejos psíquicos y sacrificios para sanar el árbol familiar, directamente me empieza a salir urticaria. Me aburre. Lo siento: me escama tanta lectura abierta a subjetividad de muy buena parte de la astrología psicológica.
Pero por otro lado, esto también es verdad. Me encanta, me gozo todo el tema de los cuentos, de los mitos, de la alquimia, de sus plantas y amuletos, con su fuerza onírica y simbólica y original y loca.
Así que Vero, y a razón de la aparición del arcano XVIII en una de las lecturas —La Luna, que evidentemente, engancha con Cáncer— nos narró un cuento y nos dio tanto de lo que comentar, que voy a tratar de transcribirlo aquí para que tú también saques tus propias cábalas. La trasvases a tu vida y a tu carta natal. Y evidentemente a la casa Cáncer de tu tema.
Se trata de una de las muchas historias compiladas por los hermanos Grimm. No he encontrado su título en español, pero sí lo tienes, por ejemplo, en alemán (Der süsse Brei) y también en inglés (The sweet porridge). Podríamos traducirlo como La papilla dulce, o Las gachas dulces.
La historia va más o menos así:
Hay una niña muy pobre, super, super pobre, que vive con su mamá y ya están en un punto de morirse de hambre, así que la niña sale al bosque a ver si encuentra algo. ¿Qué sucede? Se topa con una viejita —la bruja, bruja buena— que le regala una olla. La olla está encantada y mediante unas palabras mágicas puede cocinarle una papilla dulce y exquisita.
Así que la niña regresa a casa con su mamá y el hambre y la pena se les quita gracias a la olla. Cuando quieren comer, la niña le dice a la olla: “Olla, cocina” y al ratito ya tienen sus gachas preparadas. Eso sí, para que la olla pare, tiene que recitarle la otra parte del encantamiento: “Olla, detente”.
Un día, la niña no está en casa y a la madre le da hambre. “Olla, cocina”, le dice al objeto mágico. Claro, la olla se pone a cocinar. El problema es que la madre no recuerda las palabras para que se detenga… y la olla cocina y cocina y sale papilla y más papilla. La papilla sube, cubre su casa, empieza a subirse a las casas de la calle. Va —esto es muy bonito— devorando los otros hogares de la aldea, “como si quisiera satisfacer, quitarle el hambre a todo el mundo“.
Al final, la niña, que estaba en la última casa del pueblo, regresa: “Olla, detente”, pronuncia, y la olla deja de cocinar.
A todo el que quería volver a sus casas, no le quedaba otro remedio que comerse un camino de papilla hasta la puerta de sus hogares.
***
Si lo piensas, el cuento tiene varios temas muy típicos de Cáncer. Lo mismo, ya los reconociste. Tenemos la comida —o sea, la nutrición: ya sea por defecto, hambre, como por exceso, sobre alimentación— y tenemos a la madre y a la hija (podríamos añadirle a la bruja, pero vamos a ponerlo fácil).
Tenemos, el concepto de aldea o pueblo, también super cangrejero. Y el de la casa. O sea: más y más Cáncer.
(Por supuesto, a esto se le pueden dar todavía muchas más vueltas: la posibilidad del consuelo mediante la magia o las buenas intenciones; el desafío de la magia o los deseos que se nos cumplen pero no podemos manejar; la función de la dulzura / recuerda que, de acuerdo con el título, la papilla es dulce… pero volvamos a Cáncer).
Cáncer es un signo cardinal y de agua y está regido por la Luna. La Luna tiene una riqueza de significados que van mucho más de la descripción de la madre, la familia, los sentimientos, nuestro hogar y alimentación. Es significadora de salud. De formas de captar la realidad, de reaccionar a esta, de proteger, incluso de defendernos —aunque sea metiéndonos en la guarida.
De hecho, muchos cuentos van a trabajar con arquetipos lunares o con relaciones de madre e hija.
Lo interesante con respecto a este cuento titulado La papilla dulce o Las gachas dulces es poder reconocer que:
- Hay una necesidad de nutrición (y de nutrirse y nutrir), pues los personajes se mueren de hambre. Esto muy de los cangrejos. Y tenemos que pensar que alimentar aquí va no sólo desde un punto de vista físico sino también emocional. Como Cáncer padece hambre emocional, también es consciente de ese padecimiento universal (de esa carencia en el ser humano).
- Hay un vínculo madre / hija en el que la hija tiene que tomar las riendas de la situación de la que la madre es incapaz de salir sola. Este es otro tema super Cáncer y que se ve en ambas direcciones: hijos que se hacen cargo de sus papás / madres mega dependientes de sus hijos / estos que a sus 45 años vuelven a vivir con sus padres porque se han separado o perdieron el trabajo y reformulan su relaciones familiares / hijos super dependientes de sus padres que conforme estos envejecen se vuelven padres de estos.
- Finalmente, vemos que esa necesidad de nutrición puede provocar un desbordamiento, un empacho. Cáncer es un signo ansioso: come cuando está estresado; llena el ojo antes de la tripa; los nervios pueden jugarle una mala pasada; y en su necesidad de llenar la despensa o alimentar a los demás puede resultar abrasivo, bloqueador e incluso infantil. Palabras clave aquí: gula / empacho sentimental.
Por eso el cuento dice que que la olla parecía estar dispuesta a eliminar el hambre de todo el mundo: un concepto preciosismo que ojalá se diera. ¿Pero qué sucede si la papilla se desborda, inunda pueblos, ciudades, países?
A veces, con un estómago ligerito somos más eficientes (o lo que es lo mismo, tanta emocionalidad puede volvernos torpes hasta el punto de no ser capaces de recordar o averiguar las palabras mágicas para que la olla pare).
No sólo eso: en el cuento, para volver a tu casa tienes que pegarte a un atracón de papilla —es la única forma de regresar. Por eso, a menudo, volver al pueblo, a la patria, a casa de nuestros padres supone una montaña rusa de emociones —de papilla— que lo mismo alimenta que nos provoca una indigestión.
Imagen de congerdesign en Pixabay





Gracias Emilio, muy interesante lo que compartes.
A ti por asomarte por aquí!
Muy interesante, cuando leo algo de càncer siempre me viene a la cabeza el famoso cocinero José Andrés, que encarna a la perfección este arquetipo. salutaciones!
Me encanta! Tomo nota!